Todo el mundo vive huyendo de algo, que si el lunes es un monstruo, que si ya falta poco para el viernes, que si "necesito vacaciones para no colgarme del techo". Es el deporte nacional: odiar el lugar donde pasas la mitad de tu vida. Y la neta, los entiendo, la mayoría de los empleos son una trampa para ratones con mejor iluminación. Pero luego estamos los otros. Los que encontramos nuestra "mierda" ideal y nos quedamos ahí, bien acomodados.
No es que sea un romántico o un pinche optimista de esos que dan hueva. Es algo más cínico y más puro a la vez. Es llegar, ver el desmadre, los tubos, la sangre, las emergencias y la histeria de la gente, y sentir una paz que no tiene sentido. Es como estar en el ojo del huracán y pensar: "A huevo, aquí es". Esa es la verdadera tranquilidad. No es estar tirado en una hamaca rascándote el ombligo, eso te pudre el cerebro. La paz real es que tu "obligación" sea lo mismo que tu obsesión. Mientras todos los demás están contando los minutos para escapar de su realidad, tú te sientes como el dueño del casino. Estás en tu elemento. Es casi un robo, si lo piensas.
Te pagan por hacer lo que harías de todos modos para no volverte loco. Es el único momento donde el sistema no te tiene agarrado de los huevos, porque no estás intercambiando tiempo por dinero, estás intercambiando pasión por un sueldo que, de paso, te sirve para seguir financiando tus otros vicios. Que se queden con su paz de fin de semana y su alcohol para olvidar el lunes.
Mi paz es entrar aquí, cerrar la puerta y saber que, mientras afuera todo es un caos sin sentido, aquí adentro yo sé exactamente qué cartas tengo en la mano. No es trabajo si es lo que te mantiene vivo. El resto es puro cuento de gente que todavía no encuentra su lugar en este basurero.
Ya salí pedo el Domingo, a ver que más historias nos traerá esta nueva vida.

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