La guerra no es un error, es un modelo de negocio. Es el buffer de trabajo perfecto para el complejo industrial-militar, el reset del sistema cuando la economía se atora, la excusa ideal para que los de arriba se pongan más gordos y los de abajo más flacos. Y claro, el pretexto para que los políticos de mierda se inflen el pecho con discursos de "patria" y "libertad", mientras mandan a nuestros morros a morir por intereses que ni entienden. Es de no creerse, neta.
¿Que si me duele? La neta, ya no tanto. Después de años viendo cómo la sangre se coagula en los tubos de ensayo, uno desarrolla una especie de anestesia existencial. Es la misma mierda, solo que a escala macro.
Aquí, en el laboratorio, lidiamos con el "oro rojo" de un solo cuerpo; allá, en el frente, se derrama a borbotones por la estupidez colectiva. La presición del químico clínico te enseña que cada mililitro cuenta, pero en la guerra, el conteo es de cadáveres, y a nadie le importa un carajo. Que se jodan.
Los mismos que te venden la idea de que la IA tiene alma, son los que diseñan drones para que no la tengan. Los que se indignan por un piquete de aguja, son los que glorifican las explosiones a miles de kilómetros. Es la esquizofrenia umana en su máxima expresión: llorar por un perrito abandonado y justificar el genocidio con un "es que son otros tiempos". Pura mamada.
Así que, mientras los misiles surcan el cielo y los algoritmos deciden quién vive y quién muere, yo sigo aquí, en mi trinchera, con mi bata manchada de reactivos y café frío. Porque al final del día, la única guerra que me importa es la que peleo contra la ignorancia y la hipocresía. Y esa, mis estimados, es una batalla que nunca termina. A guevo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Admitidos todos los Comentarios.